Violencia, muertos, droga y armas en Tacumbú complican a ministra

Parte del arsenal incautado que se encontraba en las narices de las autoridades penitenciarias, a más de drogas y celulares, en un caso repetido que desnuda la grave inseguridad institucional y exige correcciones inmediatas.

Los hechos criminales registrados en la penitenciaría nacional de Tacumbú desnudan el precario esquema de seguridad que se implementa en la cárcel más grande del Paraguay, y comprometen la gestión de la ministra de Justicia, Sheila Abed, quien debe explicar a la ciudadanía cómo es que la violencia arrastrada de décadas persiste campante en nuestros días.

Este lunes, indicios de agresiones entre presos por causas que se investigan, pusieron en alerta a las autoridades penitenciarias, quienes sin embargo no lograron calmar los ánimos caldeados, que se reavivaron en horas de la tarde y derivaron en el asesinato de dos reclusos, y otros tres heridos, como resultado de amenazas que estaban latentes durante toda la jornada.

La violencia precipitó la intervención de la Policía y de autoridades carcelarias en las primeras horas de la mañana, e informaron acerca del clima contaminado que dominó parte del recinto penal, abarrotado de presos.

Luis Barreto, director de Tacumbú, informó que fueron incautados 150 armas blancas, especialmente cuchillos con afinada punta conocidos como estoques, de fabricación artesanal, a más de una cincuentena de aparatos celulares, una decena de petacas y drogas en cantidad no divulgada.

Llama la atención que haya ocurrido todo esto, al menos con la violencia y el volumen registrados, más aun si se tiene en cuenta que, según expresiones de los propios carceleros, los hechos de sangre se veían venir, como secuela de las amenazas cruzadas y la posición de “guerra” adoptada por bandas rivales.

Cabe preguntarse qué medidas disciplinarias y de seguridad adoptaron las autoridades del penal ni bien comenzaron a hacerse patentes las escaramuzas verbales, que según la estrategia institucional ameritaban una intervención contundente, que no dejara vestigios de agresiones ni asomos de violencia.

De acuerdo al tenor del resultado de la jornada, algo falló, y de forma grave.

Posiblemente, las autoridades minimizaron en demasía las agresiones, interpretándolas como normales en un lugar hacinado y promiscuo, donde los encontronazos verbales y las peleas constituyen parte de la rutina de vida o de sobrevivencia.

También es puesta en tela de juicio la gran cantidad de estoques que estaba en poder de los reos, lo cual, sumado a la droga que circulaba de forma abierta, y los celulares (prohibidos para los internos), revelan en toda su dimensión las falencias de un sistema de manejo penal que hace agua por todos lados.

Lo peor de todo es que los hechos registrados son calcados del pasado, de lo cual se deduce que las autoridades penitenciarias, ministeriales y nacionales nada han hecho para mejorar el estado de cosas, en medio de la amenaza latente de que, en cualquier momento, explote ese polvorín llamado Tacumbú.

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