Perversión política, derrumbe económico, profunda decepción social y ausencia de liderazgo provocan al pueblo

Sectores descontentos y hartos del ninguneo gubernamental están caldeados en grado máximo, amenazando con un estallido social, mientras el gobierno solo genera provocación.

Con asombro absorben los paraguayos el cúmulo de materiales violentos surgidos de diversos ámbitos de la región y el mundo con un detonante común, el descontento social precipitado por políticas de Estado antipopulares que, calcadas entre sí con algún grado de diferencia, generan privilegiados y fabrican pobres.

La situación regional se ha vuelto especialmente vulnerable, con violencias exacerbadas que, se creía, no iban a repetirse desde aquellos aciagos días de dictaduras, que hoy día vuelven a repetirse con un agravante generalizado: las riquezas disminuyen y la pobreza se multiplica sin visos de solución.

Nuestro país, lejos de ser la excepción como lo fue en un momento, se ha plegado al grupo de gobiernos manchados de corrupción e ineficiencia.

Los recursos de este formidable país ya no alcanzan, como antes, para dar de comer a todos, más aún a insaciables que devoran como máquinas el presupuesto de la nación bajo variopintas excusas que, en el fondo, procuran solo beneficios multiplicados para los altos mandos con su pléyade de parentela y una larga lista de afines.

El Estado se olvidó de la gente, para involucrarse casi en exclusiva del bienestar de los detentadores del poder.

En Paraguay, mucho más que en la incendiaria Chile, la brecha social se ha extendido hasta la vergüenza.

Mientras los burócratas maquinan desangrados irreverentes bajo modalidades increíbles, el pueblo pasa sus días deshojando margaritas, peleando con la rutina para no pasar hambre y sobrevivir bajo la ley del más fuerte.

Un escenario crudo y doloroso para quienes queman calorías buscando trabajo, por un lado, y de la otra parte la burbuja espumante proveniente de los agraciados por el presupuesto nacional, provenientes en todos los casos de los tres poderes del Estado. Unos peores que otros, pero todos unidos con el mismo propósito: Cobrar fortunas por hacer nada, y ejemplos tenemos a montones en cada repartición pública con funcionarios decepcionados y servicios deprimentes.

El Presidente de la República, Mario Abdo Benítez, se ha convertido en fiel reflejo de la improvisación.

Ni un solo ministro del Gabinete en el poder se ha justificado en el cargo, como lógica secuela de nombramientos arteramente direccionados hacia amigos y financistas, entre ellos los provenientes del exclusivo staff de la mafia, que compraron impunidad para llenar de rufianes esta nación.

Marito no sabe dónde está parado. Antes que exteriorizar respeto es objeto de burla generalizada. Su gobierno marcha sin brújula, adonde lleva el viento, con el agravante de que los vientos que aparecen en el horizonte presentan un mal presagio.

El pueblo se ha levantado en rebeldía pacífica, y apenas necesita un detonante luminoso para reaccionar con igual o más furia que la que provocó el incendio infernal del propio Congreso Nacional. Aquel hecho puede considerarse apenas una brisa revolucionaria con respecto a lo que podría sobrevenir si el gobierno no despierta de su largo sueño y se pone a trabajar a favor del pueblo, asumiendo que los de arriba viven como reyes.

Aunque estamos rodeados de países violentados, aún hay un corto trecho para hacer remiendos urgentes; de otra manera, nada bueno tenemos que esperar de autoridades que, parecería, están tan apegados a su rutina de confort que no reparan en el pueblo enardecido que no dudará en reaccionar con violencia en defensa de sus derechos despreciados.

 

 

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