“Marzo paraguayo”, crónica de una herida abierta sepultada por un oscuro misterio

Escenas enardecidas de la manifestación contra el magnicidio que acabó con una violencia inusitada y un gobierno de facto que terminó su mandato con un país dividido, con instituciones manipuladas hasta el hartazgo, y las arcas públicas desfondadas por hordas de cleptómanos que aprovecharon al máximo la anarquía reinante. (Foto: Diario ABC Color).

El país recuerda este 26 de marzo el 16° aniversario del “Marzo paraguayo”, en medio del silencio de organizaciones que, en su momento, salieron a las calles a defender la institucionalidad quebrantada, y la parsimonia de un pueblo que pronto lo olvida todo.

Mientras el Gobierno guarda discreta distancia, solo contingentes campesinos llegados del Norte hacen ruido en las calles de la capital, rumbo a las plazas del Congreso, donde tienen previsto pedir la renuncia de Cartes.

Las crónicas se refieren al “Marzo paraguayo” como una de las etapas más oscuras de la historia política del Paraguay, donde se entremezclan en variada y radical posición versiones contrapuestas sobre lo que realmente aconteció aquel día en que millares de personas se congregaron frente a las plazas del Cabildo para protestar por la muerte del entonces vicepresidente de la República, Luis María Argaña.

Mientras dedos acusadores apuntaban directamente a la figura del poderoso e influyente general Lino César Oviedo –considerado padre ideológico del propio presidente de la República, Raúl Cubas- otros señalaban que los actos de violencia que precipitaron la muerte de 7 jóvenes manifestantes fue consecuencia de un atentado orquestado y ejecutado por el propio argañismo y su brazo largo en sectores políticos opuestos al oviedismo en el poder.

El caso judicial ha sido motivo de severos encontronazos de opinión, generado en el estado de conmoción que experimentaba el país en medio de versiones de variado tinte que llevaron a conformar dos lados tangencialmente opuestos de la situación: Quienes estaban a favor de la versión oficial de los hechos, y, los declarados fervientes antioviedistas.

La misma prensa paraguaya tomó partida abierta a favor o en contra del suceso, lo cual originó una escaramuza previa que degeneró en una batalla mediática campal que, lejos de aportar claridad a los hechos, arrojó leña al fuego y creó una confusión generalizada que hizo impacto en la Iglesia Católica (marcadamente antioviedista) e incluso en los gobiernos y opinión pública del extranjero, pendientes al resultado de la anarquía instalada tras el magnicidio.

La Justicia ha sido calificada o descalificada según la óptica de quien interpretara las cosas a su manera, debido al intríngulis jurídico surgido en la causa donde los mismos fiscales fueron objeto de manoseo de partes interesadas.

Dieciséis años después de aquel luctuoso suceso, lejos del esclarecimiento de los hechos, el “Marzo paraguayo” se pierde en versiones y rumores, mientras sectores no comprometidos prefieren guardarse en el recuerdo los momentos tristes de aquel 26 de marzo, que instalaron un negro crespón sobre la institucionalidad de la República y partieron en dos el corazón de los paraguayos.

El Gobierno de coalición que se pretendió instalar luego de la renuncia del presidente Cubas fue, en realidad, un monopolio ejercido por colorados argañistas que, mientras durara un llamado a elecciones que nunca se dio, instalaron como Presidente al entonces titular del Congreso, Luis González Macchi.

Macchi inició entonces una cacería brutal contra los oviedistas y, según estos, manipuló a gusto y paladar la Justicia para favorecer a sus amigos argañistas.

El Presidente también lideró un gobierno autocrático, nombrando ministros y colaboradores a improvisados -algunos sin ningún mérito profesional- de preferencia a quienes ostentaban el apellido Argaña, y a los simpatizantes de este movimiento dentro del Partido Colorado.

El resultado fue un país victimizado por denuncias de robos y el saqueo impune de las arcas públicas, con una Justicia complaciente y un Poder Legislativo a la medida de las circunstancias.

Ni una sola autoridad corrupta ha ido a parar con sus huesos a la cárcel.

Antes bien, se ha logrado instalar un sentido de “patriotismo” tan peculiar que todos a una se comprometieron a lampiñar el Estado, obteniéndose como resultado centenares, tal vez miles, de nuevos ricos a costa de la empobrecida población, y hoy se pasean orondos en gremios productivos, recibiendo plácemes a diestra y siniestra a cara descubierta, para vergüenza de la ley.

 

 

 

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