La muerte de Castro ahonda aun más el misterio de una ideología en agonía

Castro introdujo varias reformas en la isla consideradas revolucionarias, elevando la salud y la educación a niveles récord, y en el lado opuesto sometió a su pueblo a un nivel degradante de dictadura y pobreza.

El fallecimiento del líder cubano Fidel Castro el viernes a la noche ahondó las expectativas sobre el futuro inmediato de la isla, sumergida bajo el régimen de dictadura desde 1959, cuando una rebelión popular se apoderó del poder y bajo la denominación de “comunista” dirigió un sistema de gobierno que dividió en dos al pequeño país caribeño, en una fórmula de poder que se intentó implantar en otros países de América con resultados desastrosos.

El castrismo, como doctrina política sustentada en el marxismo leninismo que preconizó el comunismo, logró sacar lustre del conquistador Simón Bolívar y lo entronizó hasta niveles supremos, convirtiendo su figura en ícono emblemático de la doctrina bolivariana sostenida con puño y fuerza por el extinto presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y mantenida en sobrevivencia por su sucesor Nicolás Maduro, con la bendición de papá Cuba.

El fracaso de sucesivos gobiernos tildados de capitalistas, o de derecha, en la América del Sur, sirvió de caldo de cultivo para el florecimiento de la izquierda moderada o centrista, que logró colocar en el poder a líderes de Brasil, Argentina, Ecuador, Bolivia, Chile, Perú y Uruguay, recluyendo a Colombia y Paraguay a un estadío de rezago con profundo impacto en las decisiones hemisféricas.

La corrupción campante, como secuela del populismo y otros vicios, entre ellos el deseo de eternización en el poder y el sometimiento de la clase pobre, llevó a la izquierda sudamericana a la pérdida de poder, mientras el gobierno de Venezuela agoniza en la oscuridad.

Sin la figura predominante de Fidel, uno de los cinco regímenes comunistas del mundo entra en una fase de nebulosa, mientras observadores políticos hacen apuestas sobre la posibilidad de una “nueva Cuba” con libertad plena para la población y políticas económicas que logren finalmente sacarla del atraso y tentar un mejor nivel de vida de la gente.

Los que lloran a Fidel resaltan su autoridad indomable para imponer una ideología que, según el mismo, iba a ser la solución para muchos males del mundo, que el autodefinido “revolucionario” resumía en el fin del sufrimiento de los pueblos con la repartición equilibrada de las riquezas y cárcel para los corruptos.

En el lado opuesto, Fidel Castro es señalado de haber acumulado una riqueza valuada en 900 millones de dólares, y vivir rodeado de lujos y excentricidades en el corazón de su pueblo empobrecido, mutilado en su derecho de crecer, autodesarrollarse y decidir en libertad sobre su futuro y el de su nación.

En contrapartida, Fidel encaminó reformas revolucionarias en los campos de la salud y la educación, al punto de constituirse en ejemplos para la humanidad.

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