La miseria de la exclusión

Achicharrado por el calor que no siente, tal vez inhibido por la droga, este jovencito «toma sol» en una céntrica esquina asuncena, olvidado por un gobierno que le hace el vacío a la inclusión.

Ciudadanos apartados de la asistencia del Estado sufren las consecuencias de una situación de injusticia, agravada por la pobreza que ataca sin piedad en un país donde la tercera parte de su población total está afectada por las necesidades extremas.

En medio de un calor infernal con 42 grados a la sombra marcados por el termómetro, un par de jóvenes de entre 16 y 20 años se calcinaba en pleno sol, mientras escépticos transeúntes solo atinaban a mirar.

Esta ocurría en la esquina asuncena de Brasil y Azara, a una cuadra del Ministerio de Salud.

“Son drogadictos, a veces están ahí dos o tres días, hasta que se les pase el efecto de los alucinógenos, sin comer ni tomar nada. No entendemos cómo es que siguen vivos”, expresó una comerciante del lugar al notar nuestra presencia para captar fotografías.

La mujer comentó que la Policía está suficientemente informada del hecho, “pero nunca viene. Las veces que podemos, les acercamos algo de comida y agua, pero por lo general los rechazan”, expresó.

Se trata de una situación lacerante, que contamina el tejido social y desnuda el desinterés de las autoridades encargadas de encontrar solución a este tipo de drama.

La Secretaría de la Niñez no toma partida en este tema, para vergüenza de quienes, bajo el cargo de ministro con todos los beneficios y atribuciones de la ley, se cruzan de brazos para no ver un hecho por demás lamentable, en las narices de la ciudad.

También se observa la ausencia de organizaciones no gubernamentales, aquellas que hacen vigilias frente al Congreso cada vez que se estudia el presupuesto general de gastos.

Todas ellas manejan a menudo el mismo término: “exclusión”, para denunciar la ausencia del Estado y solicitar recursos con el fin de encontrar algún tipo de salida a la cuestión, que no se da.

No es extraño observar por las calles de la ciudad a grupos de menores harapientos y con síntomas de abandono viviendo de las oportunidades y, muchas veces, de la casualidad.

En medio de este escenario convive una sociedad diversa y difusa, que le da las espaldas a los miserables.

El Gobierno, que se jacta de un crecimiento sostenido de la economía con oportunidades de mejor vida para todos, que nadie cree, debería apuntar mejor al momento de otorgar subsidios, que se han multiplicado en contra de recomendaciones internacionales de políticas públicas.

Los niños y jóvenes de la calle merecen una vida digna, con techo, salud y atención a sus prioridades.

Así afirma la Constitución Nacional, en la parte donde dice que todos somos iguales ante la ley, y que no habrá ciudadanos de primera y de segunda, como base fundamental de la inclusión, materia pendiente en los gobiernos de turno, entre ellos el del “nuevo rumbo”.

 

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