Inmisericorde manoseo a la majestad de la Corte

El ministro Blanco tiene una frondosa foja de denuncias, al igual que el resto del Pleno, en una rutina de mala praxis que ha elevado el honor de la Corte a instancias de supino manoseo.

La Corte Suprema enfrenta quizás el peor momento de su historia con la reciente renuncia del ministro Víctor Núñez y la inminente destitución, vía juicio político, de otros tres ministros que este miércoles definirán su suerte en una pulseada política con legisladores que oficiarán de jueces ante una platea ciudadana sedienta de justicia.

Será apenas el comienzo de un plan que busca supuestamente renovar la gestión de Justicia en Paraguay mediante la intervención de ministros íntegros, probos y a prueba de presiones, invulnerables a la tentación del dinero y que tengan como único norte el afán rabioso de dar a cada parte lo suyo.

El amplio telón se ha abierto, en medio de un horizonte plagado de suspicacias.

Se piensa que el cambio de ministros obedece a una simple táctica que busca acallar el clamor de los indignados y poner paño frío a una situación lamentable con consecuencias que se veían venir.

La Corte ha perdido autoridad.

Las sentencias de la máxima instancia judicial siempre han generado dudas, antes que la necesaria complacencia de partes entregadas a la majestad de la ley por intermedio de ministros idóneos, sometidos a rabiar a la responsabilidad de sus cargos.

Uno a uno, los ministros han sido desautorizados por sus fallos, que han hecho honor a su mala fama.

Capitaneados por los presidentes de turno, los ministros han competido en una carrera aparte por quién es peor.

Escuchar acusaciones como mal desempeño, prevaricato, enriquecimiento ilícito, abuso de poder, dilapidación de recursos públicos y otras yerbas se ha vuelto rutina que no merece la mayor atención de nadie que frecuente ese antro de corrupción llamado Poder Judicial.

Movilizados como verdaderos maharajás, los ministros han invertido sus dudosos conocimientos en asuntos ajenos a su exclusivo juramento.

Ellos no han ocupado sus cargos como producto de notas sobresalientes y una foja de servicio judicial impecable e irreprochable.

Salieron sí del cuoteo político, como resultado de tramoyas y trapisondas propias del mundillo político partidario.

Cada ministro de la Corte tiene un origen espurio al que debe obediencia.

Los propios legisladores deshojan margaritas especulando en qué les va a beneficiar o perjudicar la salida o entrada de un ministro amigo o enemigo.

En este estado de cosas funciona el sistema judicial en su más alto estrado, que es la Corte.

Y en medio de este panorama, este miércoles se tratará de sacar por la puerta trasera a los doctores César Garay, Sindulfo Blanco y Oscar Bajac.

Otro grupo afín, que quiere mantener el estatu quo, busca este martes de noche frenar el impulso de los “justicieros”, en un tira y afloje que seguramente quiere sacar la mejor tajada del escándalo.

La Corte no tiene quién la defienda.

Se ha quedado sola, como un trapo sucio que todos quieren desechar.

 

 

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