Grave ineficiencia de Marito somete al Paraguay a un estado de decadencia, vergüenza y burla generalizada

El Presidente del Paraguay, en el ojo de la tormenta. (Foto: La 980 AM).

Hace unos años, Paraguay figuraba en los registros internacionales como ejemplo de superación con un 4,5 por ciento de crecimiento anual, inalcanzable entonces por países de la región y gran parte del mundo. Poco tiempo pasó para que el optimismo de los guarismos -trasuntado en una macroeconomía vigorosa con una producción harto saludable y un PIB envidiable- cayera por el suelo.

El Paraguay actual adolece de problemas graves y se encuentra en estado de terapia como producto de la recesión que castiga implacable a sectores populares y emprendedores, con una visión sin esperanza acerca de un futuro mejor.

La inacción, omisión, ineficiencia y caprichos personales del presidente Marito y su polemizado entorno reparten sinsabores, y a nadie extrañaría que pronto entremos en default como premio a una política de gobierno extremadamente tóxica para todos, menos para ellos, los detentadores de cargos desparramados en los tres poderes del Estado, salpicados diariamente con la corrupción, abusos de toda laya, repartos mórbidos de prebendas, becas, beneficios, salariazos, vida de reyes con futuro suficientemente asegurado.

Las metidas de pata del presidente corren como pólvora caliente en las redes sociales.

El patriotismo ha desaparecido en este campo minado de problemas y necesidades no satisfechas, donde se han consolidado grupos corporativos de saqueo a la República, en desprecio a las responsabilidades de los cargos y a la sensibilidad de los de abajo, que miran impotentes cómo aquellos agraciados con nuestros votos se regodean con las mieles hechizantes del poder.

El gabinete de Marito está contaminado de inútiles.

Ni un solo ministro muestra un atisbo de amor por la patria, siquiera por su partido político, y menos aún por quienes apostaron por ellos en las urnas.

Tenemos uno de los peores ministros del Interior de todos los tiempos, y no le van en zaga otros iluminados del gobierno, como los que ocupan las carteras de Salud, Educación, Obras Públicas, Trabajo, Justicia. Hay casos para Guinnes, como el del ministro de Agricultura y Ganadería, Rodolfo Friedmann, quien ni siquiera culminó la secundaria y fue colocado por su amigo Marito para dictar cátedra a profesionales técnicos con años de sabor a tierra y producción.

Ahí le tenemos a Julio Ullón, del primer anillo presidencial, metido en graves fatos al igual que la polémica presidenta de Petropar, Patricia Samudio, a quien nadie le conoce méritos salvo el de ser amiga de la Primera Dama, y señalada como culpable de un faltante multimillonario en las arcas de la petrolera estatal convertidas de esta manera en caja chica de los amigos.

Algunas instituciones del Gobierno se han convertido en cuevas de malandrines y piratas consuetudinarios, sin que nada ni nadie acuse recibo.

La justicia y el ministerio público se han plegado a este estado de cosas distribuyendo inocencias y castigando implacable a ladrones de gallinas.

El abigeato se ha enseñoreado del campo, donde clanes de cuatrerismo organizado cumplen a rajatablas su misión de destruir la producción y vivir sin trabajar.

El marco de desequilibrio fiscal acusa recibo en el sector emprendedor, que sigue remando en aguas tormentosas, mientras el destino de los impuestos se deteriora a favor del establishment político arteramente conformado y con resultados que tenemos a la vista, con apremios sensibles como la falta de oportunidades laborales y generación de riqueza que atacan los bolsillos y comprimen el estómago.

La Policía Nacional está en rebeldía, al igual que los guardiacárceles, y los delincuentes bailan en una pata en tierra liberada.

El Norte del país está a merced de terroristas del EPP, que lejos de ser exterminados marcan campantes la hoja de ruta de la seguridad nacional, mientras hordas de organizaciones del narcotráfico se pasean a sus anchas en el extenso territorio.

Una de las grandes esperanzas de recursos, como es la carne, enfrenta un duro momento con los precios por el suelo, privando al país de mejoría económica y sentenciando a millares de empleados a arañar paredes.

Cartes es culpable, afirma con el dedo acusador el entorno palaciego, despreciando al correligionario que con sus votos evitó que Marito se convirtiera en cadáver político, en una muestra supina de analfabetismo estratégico que le está costando demasiado caro al país.

Ante este panorama, es imposible detener el afán de justicia que reclama la ciudadanía, entre ellos la rebeldía que respalda la Constitución Nacional para quienes, despreciados en sus derechos, ofician de víctimas permanentes de un Estado ausente con autoridades despreciables que no dudaron en hacer el esfuerzo de vender Itaipú y, por lógica deducción, no tendrán empacho alguno en hundir al país con un sálvese quien pueda, mientras ellos, los del poder, se regodean en la abundancia.

Desastre ko Marito.

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