En el país de la injusticia hay 16 casos impunes de periodistas asesinados

El periodista Leguizamón cayó de pie, luego de enfrentar a la mafia fronteriza vinculada al narcotráfico. Los gritos de justicia nunca fueron respondidos por jueces pusilánimes, rendidos al poder. Otros 15 casos posteriores de asesinatos de periodistas siguen también impunes.

Santiago Leguizamón, Calixto Mendoza, Benito Román Jara, Salvador Medina, Francisco Lird, Yamila Cantero, Samuel Román, Ángela Acosta, Alberto Tito Palma, Martín Ocampos, Merardo Romero, Carlos Manuel Artaza, Marcelino Vázquez, Fausto Gabriel Alcaraz, Edgar Fernández Fleitas, Pablo Medina.

Deciséis asesinatos de periodistas en los últimos 23 años de “democracia” después de la dictadura de Stroessner señalan con claridad la inseguridad que representa la falta de libertad de prensa y de expresión en un país donde la administración de justicia no existe para quienes han dado su vida en honor a la profesión.

La impunidad, en todos estos casos, se ha convertido en norma.

Ni un solo criminal está condenado, procesado o siquiera detenido por el asesinato de los 16 periodistas.

Apenas un par de sospechosos de poca monta han sido molestados en todo este tiempo por cargos menores, mientras los “peces gordos” gozan de libertad a pesar de ser señalados con dedos acusadores como posibles victimarios.

En el caso de Santiago Leguizamón, “empresarios de frontera” sindicados de asesinos han burlado los alcances de la ley de forma artera y sostenida, apoyados en la debilidad de fiscales y jueces postrados ante el temor de perjudicar a los poderosos y después afrontar las dolorosas consecuencias.

Cuando faltan pocos días para que se cumplan 5 meses del asesinato de Pablo Medina, la causa está tan impune como el comienzo de esa historia cargada de evidencias con intentos -que más parecen amagues- de justicia que no tienen retorno.

Los periodistas molestan solo a quienes tienen cuentas pendientes con la ley.

Entre sus muchos atributos está el de investigar y, eventualmente, presentar a la opinión pública evidencias o pruebas de delitos protagonizados en diversos ámbitos de la función pública y privada.

Quizás como en muy pocos países, ante la ausencia de justicia los periodistas paraguayos han empuñado como arma la Constitución Nacional, y con la ley en las manos arremeten en escenarios contaminados donde hacen el papel de fiscales y reciben como premio amenazas.

Precisamente quienes abrazaron en su momento la causa del orden jurídico y la libertad de expresión en el Estado de Derecho, al punto de haber dado sus vidas en honor de la profesión, no pueden ser reivindicados en su sacrificio porque para ellos no existe justicia.

Podrán caer periodistas, pero la prensa nunca morirá.

 

 

 

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