El agricultor criollo navega a la deriva, marginado por un Estado selectivo

Productores de sandía, cíclicas víctimas de la ausencia del Estado en el momento de la cosecha y la comercialización, como producto de una política discriminativa que solo ayuda a engrosar la estadística de pobres en Paraguay.

Este domingo se recuerda el Día del Agricultor, en medio de suertes  encontradas de sectores involucrados directamente en el aprovechamiento de la tierra, específicamente el campesinado pobre y la agricultura extensiva o empresarial.

Los precios estratosféricos de las hortalizas y alimentos de origen vegetal, cada vez más ausentes en la mesa diaria, constituyen ejemplo claro del fracaso de la política de Estado de aprovechamiento del recurso de la tierra en Paraguay, considerado uno de los mejores suelos del mundo por sus niveles de nutrientes, agua privilegiada y medio ambiente natural enteramente impoluto.

El tomate se está ofertando en el mercado abierto de consumidores a G. 16.500 el kilo, un precio nunca antes alcanzado, ni en los gobiernos más corruptos y latrocinadores.

Se cuenta que el polémico ministerio del ramo maneja una política proteccionista que, en todos los casos, a luz de los hechos, está aplicada fuera de tiempo y forma, teniendo en cuenta que, para favorecer o beneficiar la precaria y escasa producción nacional, se perjudica el interés y las necesidades de miles de mesas paraguayas.

Un panorama diferente experimenta la agricultura mayor, o mecanizada, o extensiva, o exportadora, constituida específicamente por la producción de granos con su rubro estrella: la soja.

Los sojeros “vuelan” con energía propia, transformando la tierra para llenarla de granos destinados a satisfacer la necesidad alimentaria de un mundo cada vez más apurado por la demanda.

Ellos tienen créditos a mansalva, a más de asistencia, acompañamiento, predisposición, buena voluntad y puertas abiertas del Estado y del Gobierno para dedicarse a lo suyo sin el estrés y la discriminación a que se ve sometida la agricultura criolla.

Se sabe que la tercera parte de la población total del Paraguay se mantiene dentro de la franja de pobreza y de pobreza extrema, lo cual implica el apuro alimentario diario de millares de compatriotas, que tienen las manos atadas para trabajar la tierra, como secuela de la mala política de Estado para el sector.

Sucesivos proyectos de desarrollo agrícola han fracasado en serie, condenando al sector rural empobrecido a vivir de pendenciero y a la pesca de subsidios, convirtiéndose con el tiempo en esclavo de políticos y empresarios de alta monta.

Los que tienen la suerte de producir, y en abundancia, después no cuentan con medios para transportar su producción a los mercados de comercialización, y tampoco disponen de capital y política de precios, con lo cual se convierten en víctimas de oportunistas.

Parte de la triste realidad que le toca en suerte experimentar al agricultor paraguayo, siempre postergado en sus derechos, reclamos y reivindicaciones, presentados en sociedad en formato de letanía que, en ningún caso, atraen el interés de los detentadores del poder, siempre ocupados en escuchar otro tipo de “música”, agradable a sus oídos y sensible a sus intereses.

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