Cuarenta años de trabajo en la calle sellados con sacrificio y prolífico anecdotario

Todo un archivo viviente, doña Francisca ha experimentado amaneceres y atardeceres, frío y calor, en un variopinto escenario de emociones y sensaciones, siempre acompañada de su oferta de lencería. Dice sentirse fortalecida, alentada por su salud y la buena onda diaria de sus cientos de clientes, a quienes ha visto crecer y multiplicarse, caer y levantarse, llorar y reír.

Doña Francisca no es una ciudadana común de Asunción.

Es todo un archivo viviente del paso diario de la historia por las calles del casco antiguo, donde la dinámica se ha ido acrecentando con el correr del tiempo, por senderos que apenas coinciden con los ingresos de esta mujer sacrificada, que dice sentirse feliz de la mano de la rutina ciudadana.

De hablar pausado, mirada penetrante y mucha concentración, doña Francisca se confiesa: “Hace 40 años que estoy por acá”.

En todo este tiempo, ha visto crecer la ciudad desde el ángulo que le permitía su labor de venta de artículos de lencería en general y “chucherías” demandadas por el segmento joven.

Tiene 4 hijos, a quienes crió con ausencia paterna y les dio educación, cariño de madre y vida digna.

“Siempre se gana, aunque sea algo”, afirma, tras señalar que si los clientes no se acercan, ella acude a compradores potenciales en las pausas de las oficinas o las clases, en el caso de los estudiantes de los grandes colegios que funcionan en el sector céntrico.

Conoce a muchas personas que, de clientes iniciales, se convirtieron con el tiempo en amigos o compadres, a la luz de la relación directa, franca y duradera.

Ha visto a mucha gente crecer, y a otras derrumbarse por las circunstancias de una vida salpicada de sorpresas e imponderables.

“Tengo un cliente que comenzó a trabajar acá cerca, en un negocio, cuando era jovencito. Yo le daba fiado ropa interior y medias, porque sabía que apenas le sobraba su sueldo”, historió.

Añadió que, tiempo después, aquel joven dejó de frecuentarla, hasta desaparecer sin dejar rastro.

“Sus compañeros de trabajo me dijeron que renunció porque iba a buscar mejores horizontes. Después de eso no tuve más noticias de él, hasta que un buen día, unos 10 años después, se me acerca un hombre con barba, bien vestido, que se había bajado unos metros antes de un vehículo muy lujoso acompañado de una bella mujer y dos niños”, relata en una pausa de su venta callejera.

“¡Doña Francisca!”, le gritó, y sin darle lugar a reacción, se confundió con su vendedora favorita en un fuerte abrazo, seguido por su esposa e hijos que le habían acompañado a visitar su Paraguay natal, dejando por un mes la casa familiar de Florida, Estados Unidos, donde había encontrado trabajo, buen salario y una linda familia, a la que mantiene sin los apuros de su vida pasada.

“Yo no le iba a hacer acordar que me debía, pero él me dijo que estaba en deuda conmigo y me dio 100 dólares, una caja de perfume y un ramo de flores. La deuda moral que tengo contigo doña Francisca es mucho más que esto, pero te dejo mi agradecimiento y acá tenés mi tarjeta, para cuando necesites”, me dijo y se fue.

Las historias continuaron, en una cruzada que le hizo perder por un par de horas el trance de su rutina de 40 años para introducirse en un túnel de recuerdos, con emociones y sensaciones propias de quien conoce de sacrificios y no repara en fríos ni calores, en dolores ni cansancio, para llevar el pan diario a la mesa familiar, como producto de un trabajo honesto y digno.

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