Anciano discapacitado y desamparado da cátedra de vida a ociosos que “pelean” para no trabajar

A don Hilarión no le pesan para nada su avanzada edad, las limitaciones de su cuerpo ni los rigores del intenso calor. Pesa más su responsabilidad de esposo y padre de familia, y con ese criterio le pelea a la pobreza armado con una azada, una pala y un machete.

A sus 74 años de edad, “bien vividos”, según opina con una amplia sonrisa, la vida recién comienza para don Hilario Montero.

Jamás importaron para él su situación de persona con capacidad condicionada por la falta de una pierna -que le fue extirpada por un problema de cáncer de hueso- ni su condición de desamparado por un Estado ausente.

Se levanta antes de que el primer hilo de luz ilumine el horizonte, cuando las aves del monte que rodea su rancho de Yasy Kañy, 210 kilómetros al Este de Asunción, lo despiertan con sus melodías de variado y colorido tono.

Ni bien termina su rutina de mate bien caliente, con abundante remedio yuyo, se levanta con cierta dificultad de su desvencijada silla de ruedas, y acude a empuñar sus armas de lucha diaria: azada, pala y machete, con los cuales elimina los yuyos del suelo, apresta el terreno para la siembra o procede a la cosecha de los frutos de la tierra así dispuesta para el sustento con el sudor de su frente.

Árboles frutales, rubros de la alimentación familiar como mandioca, maíz, poroto, maní, zapallo, andaí, variedad de bananos, melón, sandía y batata constituyen parte de la producción personal de don Hilarión.

En un sector de su finca crecen saludables plantas de tabaco, y en otro lado se extienden las hojas al sol en estado de secado, mientras en un sector visible para la gente expone para la venta las hojas secas dispuestas para la venta a los interesados.

Con dificultades propias, pero una enorme dosis de voluntad, el anciano no pone peros para sentarse a cumplir con el ritual de emparejado del tabaco y actividades afines, dejando a cargo de su esposa las tareas domésticas.

Recibe una ínfima suma en concepto de aporte por tercera edad, pero le retiraron sin explicación su antiguo cobro de Tekoporâ.

Dice que el trabajo le da vida en medio de la necesidad y las dificultades que le ocasiona la falta de una pierna.

Cuestiona a las personas que disponen de todo su cuerpo y mente para trabajar, pero buscan excusas para haraganear.

“Mientras se tiene vida se debe trabajar porque es una obligación del hombre. El que no lo hace es porque busca excusas o quiere que otros lo mantengan, y eso no es digno para un hombre”, afirmó.

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