Políticos oportunistas y necesitados de fachada someten al Estado a un vil manoseo

Los invasores del Cuartel de la Victoria dieron una cátedra de vandalismo con patrocinio político ideológico, mientras las autoridades miran hacia otro lado, en un claro y vergonzoso interés proselitista de cara a las elecciones. (Foto: ABC Color).

La ciudadanía paraguaya, acostumbrada como está a no salir del asombro ante los escándalos nacionales, aún mantiene fresca en su memoria el triste espectáculo protagonizado recientemente por políticos oportunistas y sedientos de poder, que encabezaron una alcahuetera ocupación de una unidad militar con el desgastado y falaz argumento de la necesidad emergente de “sintierras”, que en realidad se trataban de “pobres” improvisados entre bambalinas.

Personajes conocidos en la fauna política nacional, entre ellos el controvertido Pa’i Oliva (Francisco de Paula Oliva), aparecieron como mecenas en medio del gentío mediático, prometiendo parcelas del Estado que están a nombre del Cuartel de la Victoria, a cambio de votos, en este caso para la oposición disfrazada de democrática.

Lo peor de todo, sin embargo, no fueron los actores directos de este escándalo público, sino la indiferencia con que el Gobierno y los órganos jurisdiccionales del Estado “actuaron” en la trama, que a punto estuvo (y aún lo está) de degenerar en un caos social de impredecibles consecuencias, donde el hambre se ha juntado con las ganas de comer.

Solo la “buena predisposición” de los invasores del sitio considerado bastión sagrado de la Patria donde pasaron sus últimos años muchos excombatientes de la guerra del Chaco, ha evitado por el momento una guerra sin cuartel, que está a expensas de un acuerdo con piolita donde el Gobierno se obliga a ceder propiedades en otro sitio a los supuestos desamparados.

Mientras tanto, queda por un lado la expectativa pendiente de una clientela política importante en vísperas de elecciones cruciales, y por otra parte el papel miserable que cumplieron las autoridades responsables de este atropello, entre ellos fiscales pusilánimes y genuflexos que no se animaron a hacer su trabajo, seguramente ante la daga pendiente de jefes que responden a patrones partidarios igualmente interesados, pero contundentes.

La experiencia del Cuartel de la Victoria lanza un lúgubre mensaje a los paraguayos, en el sentido de que es posible manipular, manosear y violar la Constitución Nacional y las leyes de la República con la unión abreviada, precaria y transitoria entre políticos y malos ciudadanos, que de esta manera tienen luz verde para lograr reivindicaciones y promesas, sin importar que para ello, como en este caso, sea profanado un sitio emblemático que atesora reliquias invaluables de la patria.

 

 

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