Lamentable calidad de vida de damnificados

El damnificado apenas pudo rescatar algunos enseres en la huida de las aguas. Muchas comodidades se quedaron hundidas por la falta de medios de transporte oportuno, a pesar de que la crecida se hizo anunciar con tiempo.

Familias cuyas viviendas han sido inundadas por la crecida del río Paraguay pasan sus días en medio de necesidades y privaciones.

En este estado de cosas, la calidad de vida de los afectados ha desmejorado gradualmente, al punto que muchos de ellos sobreviven de la solidaridad y caridad ciudadanas.

El Estado está prácticamente ausente, según pudo observar La Mira en un recorrido efectuado este domingo por albergues o refugios improvisados, que en algunos casos se parecen a campos de concentración rodeados de miseria, basura y promiscuidad.

La discriminación de algunas ayudas proveídas por el Estado está a la orden del día.

Esto puede observarse en el trato que reciben los albergues situados en el entorno del microcentro, donde están las principales instituciones públicas, Catedral Metropolitana, cuartel central de la Policía, entre otras, que están dotadas de comodidades elementales, agua, vertederos móviles y baños.

A esos lugares también van destinados los víveres dispuestos por la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN), que no tiene la misma actitud y voluntad con los centenares de “villas hule” dispuestos de forma personal por los propios damnificados en vistas a la falta de respuesta oficial.

En comunicación con medios periodísticos, el ministro de la SEN, Joaquín Roa, afirma que técnicamente hay cobertura de la mayor parte de las necesidades, tanto en provisión de techos como alimentos y colchones, pero la realidad es diferente, según pudimos comprobar.

Unas 80 familias de la Chacarita asentadas en la plaza Derechos Humanos (en el entorno de las calles Mómpox y Estados Unidos) no reciben ningún tipo de ayuda o asistencia del Gobierno y tampoco de la iniciativa privada u ONG’s.

“Estamos aquí hace más de dos meses, y en todo este tiempo no ha venido ni una sola autoridad, o persona representativa, a preguntar siquiera cómo estamos y cuáles son nuestras necesidades”, expresó un vecino.

Decenas de niños y ancianos, e incluso personas con discapacidad, viven hacinadas en la plaza pública convertida en “solución habitacional”.

El intenso calor del domingo, con una sensación térmica de 40 grados, golpea con fuerza el bienestar de la gente, que debe rebuscarse por hielo para el tereré y saciar su sed.

Este sitio está a solo tres cuadras de la Catedral Metropolitana y a 6 cuadras del Congreso, fuera de la vista de autoridades superiores y parlamentarios, de lo cual sería fácil deducir la situación que enfrentan otros centenares de albergues precarios distribuidos sin organización en la ciudad.

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