El Gobierno maneja un doble discurso sobre el EPP

Con cada acto terrorista en el norte, Cartes se enrosca más en su laberinto, mientras la población no encuentra respuesta a la inversión en recursos humanos y recursos millonarios para una lucha inútil.

Hace dos años, ni bien asumió el cargo de Presidente de la República, Horacio Cartes le dio un espacio importante al tema de la inseguridad, que por entonces enervaba sentimientos de contrariedad por las acciones terroristas, incluidos secuestros extorsivos y asesinatos del ilegal Ejército del Pueblo Paraguayo, y la ola de robos y asaltos.

Se avizoraba con optimismo el desembarco de un “nuevo rumbo”, pero con el correr del tiempo el desencanto vuelve a apoderarse de la ciudadanía, que observa con impotencia cómo se le va de las manos al Gobierno el tema de la seguridad.

Tres casos de ejecuciones al hilo, en menos de un mes, instalan un renovado halo de temor colectivo e instala sobre las fuerzas de seguridad públicas -que es lo mismo decir el Gobierno- un enorme manto de duda acerca de su verdadera intención con el EPP.

“No nos va a temblar la mano” para enfrentar la delincuencia y la criminalidad y poner a los culpables a cargo de la justicia, dijo Cartes a la población paraguaya, entre tantas otras promesas de mejoramiento del nivel de vida de la gente que no se han cumplido.

“Hagan lío”, dijo enseguida, invitando a la población a presentarle sus inquietudes y expresar libremente sus quejas y protestas, en la seguridad de que “serán escuchados”.

Nada de esto ha ocurrido.

El Presidente se ha enroscado en su laberinto, rodeándose de inexpertos que tomaron la función pública como tubo de ensayo.

Se creía que los mejores militares y policías serían nombrados en cargos relevantes, con resultados que no tardarían en llegar.

Han pasado los meses, y se llegan a dos años de gestión de gobierno, y las cosas van de mal en peor en materia de seguridad.

Si la ejecución despiadada de los cinco policías sembró una estela de indignación, no fue menos el asesinato del peón de estancia en Tacuatí, que la ciudadanía interpreta como el recrudecimiento de acciones criminales con final desconocido.

El Gobierno dice una cosa, pero hace otra, generalmente lo contrario.

Le cerró las puertas a la posibilidad de acceder a colaboración de instancias internacionales con experiencia en lucha antiguerrillera para enfrentar con posibilidades de éxito al EPP, justificándose posteriormente con una frase tan lacónica como cargada de demagogia: “Podemos solos”.

Hoy día, el EPP y la mafia del narcotráfico actúan a placer, mientras el Gobierno no encuentra, ni busca, una explicación que pueda acreditar los millones de dólares invertidas en la Fuerza de Tarea Conjunta, que por propios méritos se ha convertido en un elefante blanco que, antes que resultados, ofrece pretextos, todos ellos pronunciados por encima de los restos humeantes de las víctimas de turno.

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