Atrocidades convierten a Siria en un escenario brutal y despiadado

El dolor camino al paso del tiempo y el espacio en la convulsionada Siria, donde las potencias afinan puntería y convierten en añicos al otrora moderno y rico país.

La guerra de Siria iniciado a principios de 2011 ha provocado hasta el momento unos 243.000 muertos y millones de heridos, desplazados y abandonados a su suerte en un escenario cruento que es considerado como el peor conflicto del actual siglo XXI.

La sed de guerra como consecuencia del deseo de más poder y autoridad, el odio étnico y las ideologías en disputa han convertido el otrora desarrollado país en territorio de nadie, humeante y explosivo que arrastra a las potencias a medir su calibraje de muerte y somete a la población a abusos indescriptibles.

Mientras todo esto sucede, el mundo mira de reojo y las naciones no comprometidas optan por callar.

El gobierno sirio, presidido por Bashar al-Asad, cuenta con el apoyo de Rusia, que lo considera un país aliado desde tiempos de la ex Unión Soviética, a más de Irán y la organización libanesa Hezbolá.

El gobierno y sus aliados defienden que las manifestaciones y primeras revueltas armadas fueron organizadas y financiadas por Occidente, así como a algunos grupos yihadistas, para precipitar la caída del gobierno y controlar el país, rico en reservas minerales y ubicado en un sector geopolítico estratégico.

La llamada oposición siria cuenta con el respaldo de Estados Unidos, Turquía, Arabia Saudí y otros aliados occidentales y del golfo Pérsico.

El gobierno del presidente al-Asad es acusado de mantener un esquema brutal de represión, corrupción y autoritarismo.

El Estado Islámico se nutre de la llegada de miles de combatientes desde países de todo el mundo y, financieramente, de la venta de antigüedades expoliadas y el petróleo.

Está en guerra contra todos los demás bandos y es bombardeado por numerosos países extranjeros.

En el norte de Siria, las zonas fronterizas son controladas por milicias kurdas, que luchan principalmente contra el Estado Islámico, aunque también contra otros grupos rebeldes y el gobierno.

Sin embargo, algunas facciones kurdas como el PKK son atacadas por Turquía, a pesar de tener, oficialmente, al EI como enemigo común.

Observadores de guerra coinciden en que no se avizora en el tiempo una solución al problema, sino más bien el agravamiento de la situación por el involucramiento de más potencias, mientras el dolido pueblo de origen milenario asiste impotente al juego de intereses de instancias superiores que tiran suerte sobre sus vestidos hace tiempo convertidos en harapos, y su derecho de vida transformado en objeto de mercancía.

 

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